Ay de Romeo
El caballero contrariado por el pesar que le supone solo el simple hecho de llegar a imaginar que la refulgente dama no disfrutó del corto pero sentido y musica desgarro de su mandolina y de su templada voz.
Eh! inquiere ¿no gustole? Una voz de fina y docil mujer responde, no entendilo galán, no supe distinguir entre tus palabras ahogadas y el inmisericorde gritar de su desafinada mandolina.
El galán triste eleva la voz, y entona ahora con una profunda y melodiosa voz una hermosa sonata de amor. Ahora un suspiro melancólico sale de la morada de la dama. El caballero se yergue, se levanta, toca el cielo con la mano y musica otras palabras de amor. Ahora piensa, la dama se ha rendido a los encantos poéticos de aquesta canción de amor. Otra, otra grita la dama, y el doncel presto se aviene a satisfacer a la dama. Al rato de la ventana de la estancia se confunden rumores, susurros, quejidos y gritos de placer. El caballero pensando que ha llegado la hora trepa por la enredadera que crece alrededor de la torre del castillo de la dama.
A vive Dios, al llegar hasta la ventana, descubre a la bella dama, desnuda en el jergón, disfrutando aviesa de los placeres de otro mancebo. El galán desnortado lanza la mandolina contra el suelo, y sin hacer ruido baja por la enredadera.
Cuando ya se haya abajo, la dama se asoma, casi recompuesta y afirma con cantarina voz, ¿pretendiente cantor, mañana vendrás a la misma hora?