Friday, September 19, 2008

the missing ingredient

No te preocupes por mi, hoy estoy razonablemente bien. De hecho esta carta te la estoy escribiendo desde el porche, el frío de septiembre y la humedad del campo atenaza mis torpes dedos, y mi vieja Olympia ya no está tampoco para estos achaques. Desde la última que te escribi una carta con ella no he cambiado la cinta de tinta. Este es el motivo por lo que te la estoy escribiendo en rojo.

Querida, ¿cuánto tiempo hace? Si cierro los ojos todavía recuerdo las noches de verano, tumbados en el jardín viendo las estrellas, sin nada de lo que preocuparse ¿Han pasado diez, quince años? Ahora a los cincuenta cualquier tiempo me parece lejano, y sin embargo al ponerme escribir, los recuerdos vienen a mi, envolviéndome como si todavía flotaran en el aire.

Ahora, de hecho es como sí te viera, por el camino que llega a la playa, paseando entre los juncos, con tus pantalones de cuadros y el pelo al viento, nuestro Habbort caminando a tu lado, corriendo, con la lengua fuera, harto de enfrentarse a las gaviotas, ladrando, gruñendo, y tú agitando la mano, mientras yo escribo, en el porche, en este porche, que ahora se cae de viejo.

La pintura, la madera, no soporta tan bien tu ausencia como yo, el tiempo no se detiene, ni siquiera en esta pequeña casa al lado del mar, aunque yo me empeñe, mirando ahora mis manos me doy cuenta que tampoco yo soy capaz de resistir al empuje de los años.

Ahora me miras, con tu ausencia, con la mirada perdida, sentada a mi lado, en una tarde de septiembre, con una manta sobre tus piernas, ahora inútiles, inútiles como mis lamentos.

Cuando volvimos a casa, a esta casa después de tu accidente, intenté que el tiempo se detuviera, por si alguna vez mejorabas, por si alguna vez te curabas, pero fue en balde, las hierbas han tapado el camino. Habbort murió hace dos veranos, aunque todavía lo llamo a gritos, cuando oigo chillar a las gaviotas en la playa.

Y tú, tú nunca volviste de esa carretera, volvió tu cuerpo, volvieron nuestros recuerdos, pero tu risa, tu inteligencia, las caricias, los abrazos a medianoche, los susurros, esos quedaron pegados al pavimento, a ese maldito pavimento.

Y solo me queda escribir otra carta que nunca leerás, e intentar parar el tiempo que se me escurre entre las manos como la arena de la playa, mientas te miro envejecer.

Posted by Kenzo Tomochu in 21:03:57 | Permalink | No Comments »

Cuerpo de mujer.

Luis siempre habia querido tener un cuerpo de mujer, desde pequeño, que miraba a escondidas a sus compañeros del colegio y soñaba ser princesa, entre tanto bucanero.

Ayer bajaba por la Gran Via por la acera , orgullosa de sentirse mujer, aunque si la miras, en sus ojos todavía  esconde la desilusión de no saberse entendida. Todas las mañanas desayuna en el mismo bar, con las miradas inquisitoriales del resto de los clientes. Todavía no está acostumbrada a tomar el café a labios pintados y se sorprende de dejar los restos de carmín sobre la loza. Ni siquiera llora a escondida, coqueta como es, para no dejar un surco negro mejilla abajo, aunque muchos días lloraría a lágrima viva, la incomprensión, para que le sirve poder casarse, si nadie quiere ir a su boda, si ningún principe azul la quiere rescatar de su vida solitaria.

La vida es dura cuando tus tetas son postizas, y todavía te afeitas la barba, aunque sueñes con tener cuerpo de mujer, aunque seas una mujer.

Por las noche se tumba, encima de la cama y vuela, flota, se desvanece en un mar, donde no le pesa el tosco cuerpo con el que nació, donde nadie la mira por la calle, o todos la miran, pero para piropearla. Cada mañana espera encontrar en el espejo ese cuerpo de mujer con el que sueña.

Posted by Kenzo Tomochu in 14:09:16 | Permalink | Comments (3)