El hombre simplificado
Me dí cuenta que me había convertido en un cliente, el día que Sam no necesitó preguntarme, o yo no tuve que decir que quería y antes de darme cuenta, allí estaba un whisky escocés en vaso bajo con sólo tres hielos. El bol de frutos secos fue mi primer amigo las primeras semanas, no me relacionaba con nadie, sólo observaba, bebía a sorbos lentos, y me levantaba y salía por la puerta al terminar la copa.
Al final de la tercera semana, me costaba levantarme al terminarla, y Sam debió darse también cuenta, porque me preguntó si quería otra, y mi cabeza afirmó.
Mi pelo olía a humo, mi aliento a alcohol, las manos grasientas y con restos de sal de los frutos secos, de repente estaba a punto de ponerme a llorar. Sam me miró desde el fondo de la barra y con un gesto inquirió si todo estaba bien. Tardé en responder, pero levanté la copa a manera de brindis y esbozé un media sonrisa, pero por dentro sabía que no estaba bien, nada estaba bien.
Porque a ratos como estos momentos, solo soy un hombre simplificado, soy un hombre triste, cansado y solo, y mientras mis palabras, esas que me entretengo en escribir en una servilleta, vuelan y se escapan del papel y se posan en los hombros de la gente, son solo nostalgias, tristezas escritas, que por no quedarse a mi lado, se marchan hacía otros veranos, emigran y me dejan con el vaso vacio y los dedos manchados de tinta.