Diez centimetros de vida
Ahora palpo la cicatriz de mi antebrazo, diez centimetros, diez centimetros de vida, de recuerdos de peleas de piratas en el descampado del barrio, de mi primera caída con el ciclomotor de Arturo, del raspón cruzando la alambrada al otro lado de la valla. No recuerdo cual de esas hazañas dejó en mi esta marca permanente, pero seguro que no fuiste tú.
Cuando acaricio esa cicatriz me recuerda mi vida, trae esos recuerdos olvidados y desaparecidos. Diez centimetros de vida, en tiempos dónde siquiera el recuerdo era necesario, sólo la urgencia por vivir cada instante rápido y con la máxima energia.
Hablas de melancolía, de añoranzas, mientras terminas una copa de chablis, que te has servido de una botella que no recordaba tener, pero curiosamente siempre eres capaz de encontrar todo en mi casa, aunque ya no vivas aquí, aunque cambie cada poco tiempo todo mi universo mobiliario, tú siempre encuentras los retales de tu vida en esta casa.
Agarras mi mano, y con la copa en la otra mano, me llevas a la habitación, por el pasillo y sin encender la luz, te desnudas en silencio, y mientras esperas que yo haga lo propio, apuras la copa de vino. Acariciamos otras cicatrices, recuerdos de infinitas batallas, nos amamos en silencio, sin prisa, pausados, en cierta forma mecánicos, como debiendonos esta última oportunidad, como nostálgicos ancianos de amores pasados.
Cuando me despierte mañana, mi cicatriz seguirá atravesando mi antebrazo, serán diez centimetros que me acercan a ti, de cuando en cuando, cuando me despierte quedarán de tí apenas, tu rastro de olor a melocotón y la copa de vino a medio terminar.