Miras de soslayo esas piernas interminables, sentadas en la mesa de al lado. Subes con la mirada por el cuerpo de la mujer hasta descubrir una mirada ausente. Encima de la mesa una cerveza a la mitad, y un libro sin abrir.
Una tarde de sábado en una ciudad lluviosa, una tarde sin nada que hacer, nada más que intentar captar la atención de esa mirada ausente.
No es fácil, y posiblemente esta no sea una manera normal de empezar, pero sólo tienes que cruzar los escasos diez metros que te separan de esa mirada.
Fuera la gente anda deprisa, esquivando los cada vez más gruesos goterones de agua, en una desapacible tarde de sábado.Dentro la gente eterniza los momentos, consumen las bebidas lentamente, y dejan pasar los instantes sin ganas de salir, prisioneros a de la lluvia. Ella no parece consciente de nada.
Te acercas y te sientas en su mesa, tan sencillo y a la vez tan complicado. Levántate y anda moderno Lázaro, acercate a ese conjunto perfecto, de piernas, soledad y mirada, no la dejes escapar, ¿puedes confiar en ti?
Recoges apresurada los restos de comida, no te gustaría que aparecieran justo en el momento que la cocina esta más desordenada. Vivir en un pequeño apartamento tiene estas cosas, que eres capaz de comer sobre la cama, pero no de dormir sobre el fregadero.
En teoría falta todavía casi una hora para que el tren llegue a la estación y luego calculas que al menos otros diez o quince minutos más de taxi. Y conociendo a tu padre como le conoces, sabes que antes de subir dedicará un par de minutos a examinar con ojo clínico de policía el barrio y sus habitantes, intuyes que cuando abra la puerta su primera frase será de dictamen…”Chica, este barrio, no te conviene, es así, es asá…”
Pero sabes que en el fondo, no te preocupa que vean la casa sucía, sabes que tu madre es capaz de encontrar cualquier defecto, aún cuando sea invisible al resto de los mortales, ni que el barrio no entre en las guías turísticas como barrio a visitar, porque ambos son conscientes de cuál es tu nivel de ingresos, y lo cara que es la vida en Madrid.
Tu preocupación es que descubran finalmente tu sórdido secreto, como lo llama Mayte tu hermana mayor, la vergüenza de la familia, como siempre apostilla Rosa la hermana pequeña. El día que conoció a Carmen supo que su amor, era para toda la vida, y estuvieron una temporada larga jugando al gato y al ratón, y después la época de clandestinidad, ya va para cuatro años que las dos están juntas.
Y por fin piensa que ya es hora, de que sus padres lo sepan, aunque mayores espera que si no lo entienden al menos le den su aprobación, importante si ambas se van a casar este verano, como quiere Carmen, importante si algún día van juntas al pueblo a hacerse mayores en las tardes de verano.
Cuando llegan ambos, la escena imaginada cobra realismo, el padre quejándose por la barriada, la madre encontrando restos de polvo en la alacena, los tres tomando café a solas y en silencio, hasta que la madre interviene y con un guiño picarón a su marido, inquiere a la hija ¿ Cuando nos vas a presentar a esa novia tuya?
En ese momento, toda tu estrategia se viene al suelo, desaparece hecha trizas por la franqueza de tu madre, no sabes si lo aprueba o no, pero ya lo saben y lo asumen, al menos. Ahora eres tú la que duda, no sabes si toda la historia era tan atractiva porque era una muestra de rebeldía oculta hacía tus padres, una manera de vulnerar todos los años de rectitud, de buenas maneras y de colegio de monjas, pero si a tus padres les da igual , tienes que rehacer tu estrategia, no es posible que tu relación con Carmen no les importe, te imaginas las tarde de verano, sentadas en el porche con tu madre, las tres discutiendo sobre las cosas de las vida, sobre cosas cotidianas y no puedes imaginar un futuro más sombrío, más gris y anodino.
En el fondo tampoco Carmen comparte tus ansías aventureras e inconformistas, ella es feliz a tu lado, sin muchas palabras y sin grandes necesidades, pero tú ahora, ya no sabes que decir. Ahora ya no te sientes nerviosa, ya tu sórdido secreto, tu mundo de vergüenza no es más que una vida en pareja con una chica que te quiere, y te sientes normal, y eso te hace sentir extraña, rara, y otra vez, egoísta y vacia.
En cierto modo familiar, en ciertas ocasiones habitual, el café encima de la mesa de la cocina, recién hecho y magdalenas frescas con sabor a mantequilla. Hoy no es festivo, pero lo parece, la gente pasea despacio por la avenida, el periódico sabe poco a cotidiano, con noticias intrascendentes.
Sales a la terraza a saludar a la primavera, enciendes un cigarrillo lentamente, sin prisas, y te apoyas en la barandilla con la taza que conserva restos de café en la mano. Sientes un fresco vaho y como es viernes te sientes bien, con el sol en la cara, la temperatura ideal, nada puede estropearte este momento.
Dejas volar tu imaginación, cierras los ojos y sientes un deleite particular, similar a un beso, cuando el momento se rompe por una llamada, no cualquier llamada, aparece su nombre en la pantalla del teléfono, aunque haya transcurrido tanto tiempo, él pequeño artefacto recuerda su número y su nombre…apuras el cigarrillo antes de contestar, el momento lo merece. Miras otra vez la pantalla, pensando que es mejor no contestar, si lo haces se desvelarará el misterio, sabrás de ella, algo más de lo que tu imaginación ha construido, y no estás seguro de preferir la realidad a tu propia imagen.
El teléfono enmudece, apuras la taza, dejas tostar tu cara un poco más, y vuelves a abrir el periódico por la página de economía, ni la peor de las crisis, hará que hoy te sientas mal.
Sabes que cualquier día, otra vez el teléfono sonará y volveras a sentir esa sensación similar a un beso.
El olor a vinho viejo escapando por las rendijas del portón de madera, el atlántico resoplando por callejas y rúas. El pasado imperial de lejanas conquistas marineras, los adoquines desgastados, lisos por el tiempo que ha pasado. Fados y lamentos, y tú y yo paseando por las calles, sin más prisas que las de llegar al viejo apartamento para seguir amandonos.
Te acaricio la mano en silencio, y tú paseas por la puerta de A Brasileira, indignada por la pacifica invasión de turistas, lugar de inspiración de la literatura portuguesa mancillado, exclamas a voz en grito, m te sonrió mientras te alivio tu enfado a besos.
El rumor de un fado, me eriza el vello de los brazos y de la nuca, el lamento tenue, apagado, melancólico se cuela por mis poros, casi de forma imperceptible, mientras tú continuas el paseo agarrada a mi mano. Una tristeza infinita me acompaña, tristeza milenaria, de hombres perdidos, de mujeres apesadumbradas, mientras tú ahora me agarras, te abrazas a mi, oyendo como oyes el sonido ahora nítido por primera vez de la melodía triste del fado y una lágrima cae por tu mejilla.
Nos desvanecemos por las calles de Lisboa, unidos uno a otro, deseando, esperando que la noche dure otra eternidad.
Taconeo, madera hueca, guitarras al fondo, sudor…palmas, la flamenca guiri la llaman, por su pelo naranja, por su acento imposible, por su origen celta. Sin embargo es la más respetada en la venta, saben que cuando un quejío se abre paso por su garganta, un torrente de voz está a punto de desbordarse por la sala.
Nunca entendí su pasión por el flamenco, pero no había partidaría más acérrima, ni apasionada más entregada, amigo.
Ayer me encontré paseando por la calle, con Pepe, sé que le llaman Pepe el algo, pero nunca he sido bueno para recordar los motes. Si hubiera sido por mi hubiera pasado de largo, sin darme ni cuenta, pero al pasar a mi lado, él ha tirado de mi manga, “Señorito, señorito, ¿usted no es el amigo de la flamenca guiri?” preguntó, “¿Ya no vienen más por la venta?” insistió ante mi falta de respuesta. Acerté a balbucear, una serie de frases inconexas, que dejaron al pobre Pepe pensando si el extranjero no sería yo.
Como decirle que de ella solo sé de cuando en cuando por correos electrónicos, mensajes en el móvil , que hace años que abandonó Madrid, que yo no volvería a la venta sólo, que así me sentiría desnudo, falto de arte, sin excusas.
Tomar un magret de pato con tinto, besar a mordiscos, parar los taxis a empujones, hablar atropellado, recuerdos de tiempos pasados, taconeos, sudor, guitarras lejanas, ¿o eran gaitas?
Creces, no haces nada durante todo el día, te aislas del mundo, es una pena. Te haces mayor, viejo, superviviente en un mundo que no comprendes. Pides alegato contra la ignorancia, pero nadie te escucha. Qué más da, piensas entre dientes. Los aplausos te resuenan lejanos, como si no fueran para ti, como si no fueran contigo.
No entiendes nada, al anochecer te acuestas en silencio, en soledad, indignado por la ignominía. Solo quieres que todo se aclare. Sólo necesitas que todo se aclare en tu cabeza, esperas poder a sonreir en tu cabeza, es la cara de la esperanza. Convencido de abrir la puerta de la felicidad, a los deseperados.
P.D: Escrito atrapando palabras sueltas de un telediario…
Casualidad o no, el caso es que mirando distraído a la estantería, reparé en un libro singular para mi. Singular porque lo compré el día que la conocí, singular porque durante mucho tiempo el libro habitó en su casa, entre el resto de su colección de libros en español, entre Gala y Cela, y ahora estaba otra vez en mi casa, como los restos del naufragio son arrojados por mar y devueltos a la playa.
Abrí el libro por la primera página, y allí estaba escrita una dedicatoria de la que enseguida distinguí la letra, era la mía, aunque el tiempo que había pasado, casí diez años, había hecho que la tinta, se permeara más dentro del papel que lentamente tornaba a un amarillo añejo.
Ahora la dedicatoría, posiblemente no significa nada, porque las palabras normalmente tienden a caducar, muy a nuestro pesar, pero el inicio “…es marzo…” me hizo recordar esas tardes de aquel mes de marzo, ya lejano en la memoria. Cerré el libro y lo metí en en la bolsa de viaje.
Hoy contemplo el libro, que si tienes curiosidad te diré que es un recopilatorio de cuentos de Quim Monzó, y recuerdo que hace más de dos años, escribí lo siguiente “Esta mañana, me he levantado con ganas de leer el relato de la dama salmón, pero de repente me he dado cuenta que el libro está en otra estantería de otra casa…”. Solo unos meses antes de darme cuenta que ella desaparecía de mi vida, solo unos meses antes de recoger toda una vida en cajas de cartón.
Ahora sí, ya te leo en voz alta la dedicatoria, “Es marzo, este libro lo he comprado para leer durante el viaje Madrid a Copenhagen, pero tu conversación me ha resultado más interesante…” un año más tarde añadí con otro color de tinta “…Cuando lo descubra, en una estantería de Madrid o de Copenhagen, sonreire y te acariciaré la nuca, mientras te pido que me leas otra vez en voz alta la dama salmón…” al final escrito en mayusculas un TE QUIERO.
Por si acaso, lector, no conocieras la historia de la dama salmón, uno de los relatos del libro, te explicaré que el narrador viaja en un tren por noruega y descubre una bella mujer sentada enfrente de él. Casí como nos pasó a nosotros, tonterias necesarias que solo tienen explicación en la simple imaginación de los amantes, en nada se parece el pueblo noruego de Torpo a Dragor, ni un avión a un viejo tren, y si me apuras sus piernas, a las piernas interminables que enamoraron al narrador. Pero nosotros teníamos la secreta ilusión que habíamos reescrito el relato y lo habiamos adaptado a nuestra propia historia.
Durante mucho tiempo, mi manera cariñosa de llamarla, cuando esta enfadada, era “dama salmón”, era como usar un exhorcismo contra el malhumor, no bien acababa de decir esas dos palabras y una sonrisa aparecía en su boca, era como si esas dos simples palabras tejieran un lazo invisible entre nosotros y que nos ayudaran a estar juntos, a pesar de todo.
Ayer, a lo mejor porqué era marzo, lo metí en la maleta, y volví a releer los relatos, mientras el avión me traía otra vez de vuelta a casa. Al llegar a relato en cuestión, estuve a punto de saltarlo y seguir con el siguiente, pero era una prueba para mi, y quizás para ti también lector, que me ves encadenado en la melancolía, era una prueba de que los tiempos pasados, han quedado cerrados, con lo que me decidí, y comencé a leer, “…Lo primero que me enamoró de ella fue la manera de cruzar las piernas…”
Miré de soslayo, por si recitar estas primeras palabras del relato tenían la propiedad de repetir el encanto, pero lamentablemente el asiento del pasillo permanecía vacío. Cuando lo terminé, no sentí nada, nada, ni tristeza, ni nostalgia, ni melancolía… al igual que el narrador, fingí mirar por la ventana…mientras la azafata recogía la bandeja con los restos de la cena, no puede dejar de reparar en mi libro cerrado y un cuaderno lleno de anotaciones, se detiene unos instantes y me pregunta si soy escritor y comenta que a ella le encanta también Monzó, en particular su relato preferido es “Admiración”, me dice mientras me guiña casi imperceptiblemente un ojo.
Paso rápidamente las páginas hasta encontrarlo, al final en la página 293, lo encuentro y comienzo a leer “…Boquiabierta, la chica escucha como el novelista críptico lee un capítulo de su última novela…Le dice que está muy interesada en lo que hace y que, si fuera posible, le gustaría conocerlo más a fondo…”
Sorprendido vuelvo a mirar a la azafata que se situa en la filas de adelante, y que devuelve la mirada con una sonrisa. Todavía me quedan dos horas más de vuelo, para descubrir si otra vez el libro ha dictado su sentencia y la debo conocer más a fondo.
Me preguntas entre susurros, ¿qué hago aquí? ¿y por qué me paro delante tuyo y te trato como si fuera una extraña?.
Ella pensaba que moriría de vieja cualquier invierno, sola y triste, sin ver llegar la última primavera. ¿En que crees, me pregunta? Ella nació en invierno, en una parte del mundo dónde cada vez que termina el otoño, las nieves cubren el suelo hasta bien llegado abril.
Piensas en ella, detrás de cada pregunta se oculta otro rastro de su amor. Pero yo ya la he olvidado, la he dejado dormir en mi propio invierno, la trato como una extraña y me cansa su presencia, egoista como soy.
Te vuelvo a mirar, y te sonrío a ratos, me olvido de mi egoismo y deseo volver a quererte, que el tiempo no haya pasado, y volver a sentir, en esas tardes de invierno donde te sientes tan sola, un amor profundo, sin matices.
Y cada vez que me preguntas en qué creo, responderte sin dudar y con voz clara y alta, decirte que creo en ti, que creo en nosotros.