Es marzo…
Casualidad o no, el caso es que mirando distraído a la estantería, reparé en un libro singular para mi. Singular porque lo compré el día que la conocí, singular porque durante mucho tiempo el libro habitó en su casa, entre el resto de su colección de libros en español, entre Gala y Cela, y ahora estaba otra vez en mi casa, como los restos del naufragio son arrojados por mar y devueltos a la playa.
Abrí el libro por la primera página, y allí estaba escrita una dedicatoria de la que enseguida distinguí la letra, era la mía, aunque el tiempo que había pasado, casí diez años, había hecho que la tinta, se permeara más dentro del papel que lentamente tornaba a un amarillo añejo.
Ahora la dedicatoría, posiblemente no significa nada, porque las palabras normalmente tienden a caducar, muy a nuestro pesar, pero el inicio “…es marzo…” me hizo recordar esas tardes de aquel mes de marzo, ya lejano en la memoria. Cerré el libro y lo metí en en la bolsa de viaje.
Hoy contemplo el libro, que si tienes curiosidad te diré que es un recopilatorio de cuentos de Quim Monzó, y recuerdo que hace más de dos años, escribí lo siguiente “Esta mañana, me he levantado con ganas de leer el relato de la dama salmón, pero de repente me he dado cuenta que el libro está en otra estantería de otra casa…”. Solo unos meses antes de darme cuenta que ella desaparecía de mi vida, solo unos meses antes de recoger toda una vida en cajas de cartón.
Ahora sí, ya te leo en voz alta la dedicatoria, “Es marzo, este libro lo he comprado para leer durante el viaje Madrid a Copenhagen, pero tu conversación me ha resultado más interesante…” un año más tarde añadí con otro color de tinta “…Cuando lo descubra, en una estantería de Madrid o de Copenhagen, sonreire y te acariciaré la nuca, mientras te pido que me leas otra vez en voz alta la dama salmón…” al final escrito en mayusculas un TE QUIERO.
Por si acaso, lector, no conocieras la historia de la dama salmón, uno de los relatos del libro, te explicaré que el narrador viaja en un tren por noruega y descubre una bella mujer sentada enfrente de él. Casí como nos pasó a nosotros, tonterias necesarias que solo tienen explicación en la simple imaginación de los amantes, en nada se parece el pueblo noruego de Torpo a Dragor, ni un avión a un viejo tren, y si me apuras sus piernas, a las piernas interminables que enamoraron al narrador. Pero nosotros teníamos la secreta ilusión que habíamos reescrito el relato y lo habiamos adaptado a nuestra propia historia.
Durante mucho tiempo, mi manera cariñosa de llamarla, cuando esta enfadada, era “dama salmón”, era como usar un exhorcismo contra el malhumor, no bien acababa de decir esas dos palabras y una sonrisa aparecía en su boca, era como si esas dos simples palabras tejieran un lazo invisible entre nosotros y que nos ayudaran a estar juntos, a pesar de todo.
Ayer, a lo mejor porqué era marzo, lo metí en la maleta, y volví a releer los relatos, mientras el avión me traía otra vez de vuelta a casa. Al llegar a relato en cuestión, estuve a punto de saltarlo y seguir con el siguiente, pero era una prueba para mi, y quizás para ti también lector, que me ves encadenado en la melancolía, era una prueba de que los tiempos pasados, han quedado cerrados, con lo que me decidí, y comencé a leer, “…Lo primero que me enamoró de ella fue la manera de cruzar las piernas…”
Miré de soslayo, por si recitar estas primeras palabras del relato tenían la propiedad de repetir el encanto, pero lamentablemente el asiento del pasillo permanecía vacío. Cuando lo terminé, no sentí nada, nada, ni tristeza, ni nostalgia, ni melancolía… al igual que el narrador, fingí mirar por la ventana…mientras la azafata recogía la bandeja con los restos de la cena, no puede dejar de reparar en mi libro cerrado y un cuaderno lleno de anotaciones, se detiene unos instantes y me pregunta si soy escritor y comenta que a ella le encanta también Monzó, en particular su relato preferido es “Admiración”, me dice mientras me guiña casi imperceptiblemente un ojo.
Paso rápidamente las páginas hasta encontrarlo, al final en la página 293, lo encuentro y comienzo a leer “…Boquiabierta, la chica escucha como el novelista críptico lee un capítulo de su última novela…Le dice que está muy interesada en lo que hace y que, si fuera posible, le gustaría conocerlo más a fondo…”
Sorprendido vuelvo a mirar a la azafata que se situa en la filas de adelante, y que devuelve la mirada con una sonrisa. Todavía me quedan dos horas más de vuelo, para descubrir si otra vez el libro ha dictado su sentencia y la debo conocer más a fondo.