Saturday, May 30, 2009

Revolviendo en un cajón

Hoy el genio se levantó antes del alba, me dí cuenta después, al ver los cajones revueltos, la ropa tirada por el suelo. Es la desventaja de compartir piso con el genio de la lampara desde hace meses.

Es cuestión de espacio vital, después de pasar cientos de años en una pequeña lampara, ahora el señor no se conforma con cualquier cosa. En realidad desde hace unos meses él ocupa el dormitorio principal, que ha convertido en un híbrido entre una tienda beduína del desierto y un fumadero de opio de los años treinta. Yo me conformo con mantener en el cuarto de invitados un pequeño plegatín, el despertador y una silla que he convertido en mesilla.

Pero lo que no soporto ces que cada mañana que hurgue en mis cajones, que escoja mi mejor ropa, y salga a la calle con ella. Se justifica diciendo que su vestuario está desactualizado, y que un genio de su prestancia necesita cierto toque chic moderno, lamentablemente ese toque moderno consiste en retocar y romper a su estilo toda mi ropa. El otro día tuve que ir a trabajar con una americana sin mangas, el último grito en Tokio, dice él, según las revistas.

Le aguanto porque cuando encontré la lampara y la froté con fruicción, sus primeras palabras fueron “supongo que estás pensando que te concederé los tres deseos, pero yo soy un genio que tiene que conocer profundamente al beneficiario para saber que los deseos que me pide son los que realmente necesita…”, en aquel momento, hace ya cuatro meses, me pareció una transacción totalmente adecuada,

En días como hoy, estoy seguro que cuando me pregunte, mi primer deseo estará claro “¡¡¡¡desaparece de mi vida!!!!”

Posted by Kenzo Tomochu at 08:56:45 | Permalink | Comments (12)

Tuesday, May 26, 2009

El deshielo de un vaso

Estuve más tres minutos mirando el vaso, sin apartar la vista de él.

Fijo en el contenido, vi como se deshacian los cubitos de hielo. el líquido oscuro comenzó a clarear por el efecto del agua del deshielo. Desierto al otro lado de la mesa. Curioso, si ella mirara el vaso como me miraba a mi, sería capaz de detener el imparable proceso antes descrito.

¿Merece la pena retomar la conversación? me pregunto mentalmente, los dos en silencio, esperando que el otro tome la iniciativa y comience la conversación, mientras tanto ambos sentados frente a frente, como dos tahures del Missisippi, con las cartas marcadas, aguardando el movimiento del otro para jugar la mano de forma ventajista.

Está guapa cuando se enfada, o para ser correctos está guapa cuando exterioriza su enfado con un conjunto de muecas y mohines. Los dos estamos deseando que el otro retome la conversación, el camarero nos mira deseando que hagamos un movimiento, bien sea pedir otra bebida o bien la cuenta. Pero cualquiera de las dos opciones implicaría tener que hablar entre nosotros.

El tiempo se detiene lentamente, tanto que soy capaz de distinguir claramente el sonido del tic del sonido del tac en mi reloj.

Miro hasta los minusculos detalles, noto aspectos que hasta ahora me han pasado inadvertidos de ella, por ejemplo su lunar en la mano derecha, la elegante combinación de colores entre pantalón, chaqueta y sandalias. Lleva el collar que la regalé, sin embargo el reloj es la primera vez que se lo veo.

Tres minutos son eternos mirando un vaso, me gustaría decirle que de acuerdo que ella tiene razón, que ha ganado la partida, pero mi natural orgullo y el sentimiento y la firme convicción de que tengo suficientes argumentos para demostrarle que está equivocada me hacen resistirme a la idea de comenzar con una frase que empiece con la petición de perdón por mi parte.

Encallados en dos rocas gemelas, naufragos de nuestra arrogancia mutua, parados enfrente el uno del otro, somos incapaces de reconocer que estamos errados, que no se trata de quién tiene la razón, se trata de que nos importa más demostrar que el otro está equivocado. ¿Me quiere?, ¿la quiero lo suficiente para preferir mirar como se derrite un vaso antes de conversar con ella?

Posted by Kenzo Tomochu at 18:21:56 | Permalink | Comments (4)

Saturday, May 23, 2009

Calma

La noche está en calma, nada especial. Una noche normal, y en la calle, silencio, un par de amantes se despiden a mordicos en un portal. Arriba, unos quince metros arriba, él sentado en un sillón, mirando a la ventana, la habitación a oscuras, se filtra la luz de una farola, dando a la estancia un aspecto siniestro.

Una melodía suena en un viejo tocadiscos, compás de jazz,  en la mano del hombre, que medio dormita ,un vaso de whisky con hielos derretidos. No es más que otra noche de sabado, en un mundo dormido.

Abandonas la ciudad, y dejas al hombre tranquilo en su sillón. Viajas a ojos cerrados, a otro país, a otra época, donde el sol de medianoche deslumbra en noches como estas. Sin prisas, sin tener que esperar nada más que la noche termine, dejándote llevar.

En noches como esta sientes esta calma como propia, sientes que no merece la pena despertar a ese hombre que dormita en el sillón, aunque ese hombre seas tú

Posted by Kenzo Tomochu at 22:59:59 | Permalink | Comments (1) »

Thursday, May 21, 2009

Tentación inacabada…

Se enconde entre sombras, ¿sabes cuanta energia necesitas para tragarte las lágrimas? Le pregunta el hombre sin acabar de masticar una manzana que tiene en la mano, me da igual,  responde ella rápido apurando el vaso de vino.

Hace días, o años que se traga las lágrimas para que nadie la vea llorar. Dos horas más tarde ambos suben a una habitación que apenas es habitada por una cama y una silla triste.
 
Ahora él la mira a  escondidas, ella mira hacia abajo, el hombre, manos en los bolsillos, ella salvajemente olvidada por la vida, pero manteniendo un porte digno, a pesar de las penalidades.

Ella se desnuda rápidamente y se tumba en la cama, sin saber si quiere terminar cuanto antes, él la mira con desdén y se afloja la corbata, hasta quitarsela sin deshacer el nudo, la tira en la silla y desabrocha despacio los botones de la camisa. Desde lejos se diría que parece una horca.

La mujer se acurruca con la concha, quejosa por el frío de la habitación, la luz mortecina esconde mucho pero el hombre la mira sin deseo. El  no se decide a terminar de desnudarse, y piensa en marcharse, ¿pero dónde?

Dos extraños no pueden amarse esta noche en un cuarto de pensión, dice él. ¿Por qué no? replica ella. Me siento tan extraña como tú, no se sí quiero que esto termine pronto o disfrutar, pero sé que tengo la imperiosa necesidad de tener un momento de sexo, sentir mi cuerpo crujir, arquearse, tensarse y destensarse como una cuerda de guitarra.

El se sienta a su lado, la acaricia despacio, y la besa en los hombros desnudos,  de repente un pudor extraño les invade a ambos, no están preparados para una transacción tan desafectiva, al menos no tanto como cuando se conocieron en el bar hace dos horas, no tanto como cuando subían las escaleras de la pensión.

El se levanta y le tiende el vestido, se coloca la corbata luego ambos salen en un silencio sólo interrumpido por el zumbido de la luz de la escalera.

Posted by Kenzo Tomochu at 19:14:35 | Permalink | Comments (1) »

Monday, May 18, 2009

Gracias…

Una vez lo saludé, como se saluda a un familiar cercano, con cariño, “Don Mario, Don Mario”, le interpelé a la carrera, se paró unos instantes, al principio molesto, luego más tranquilo y mirándome a los ojos me dijo con voz queda, apoyando cada palabra en su acento uruguayo, “¿Joven que quiere?”, “Sólo saludarle, me encanta su obra, poemas, novelas, cuentos, he leído todo lo que ha escrito”, “Muchacho, ni siquiera yo he leído todo lo que he escrito” exclamó con una carcajada sonora, y se alejó calle abajo.

Al poco, murió Onetti, y sentí un desasosiego grande, por aquel entonces yo era un chico que   llenaba cuartillas sin parar, “mi obra” lo llamaba de forma ridícula, y en la primera página de un blanco inmaculado, escribí una dedicatoria que ahora no puede más que hacerme sonreír … ”a mis maestros uruguayos, Onetti y Benedetti, su humilde discipulo”.

Hoy casi veinte años más tarde, que sigo emborronando papeles, que escribo tonterías sin parar, que me emociono con una hermosa descripción, hoy ya sé que nunca seré un escritor,… hoy ya sé lo que debería haberle dicho aquella tarde de junio en el barrio de Prosperidad al Sr. Benedetti, tendría que soltado un sonoro Gracias y nada más . Gracias por enseñarme la belleza de la conjunción perfecta de las palabras, palabras que nunca sabré hilar con la destreza y pericia, pero que sé entender y apreciar…

Cuando leo descripciones como esta, reconozco la hermosura de cada palabra unida a la anterior, y me doy cuenta como es posible enamorar.

“Hay un silencio cálido, inexpugnable, que envuelve a los dos cuerpos. De pronto el hombre decide apoyar su oído sobre el poderoso ombligo de la mujer. Es como sí a través del omphalos, esa cicatriz genérica, esa boca muda, la mujer murmurara o vibrara en el oído del hombre:”Quisiera tenerte siempre, pero me resigno a tenerte hoy.Quizás la diferencia resida en que mientras tu goce es explosivo, fulgurante, el mío, que acaso es más profundo tiene ojeras de melancolía.No puedo evitar preveer desde ahora, junto al buen azar de tenerte, el anticipo de la nostalgia que sentiré cuando no estés. Ya lo sé. Demasiado lo sé.Todo está claro.Todo estuvo claro desde el vamos.Pero que me resigne no incluye que te mienta.Y esto que yo ombligo dejo en vos oído, es para que alguna vez te zumbe y al menos te preguntes que será ese zumbido”

Gracias, Sr. Benedetti y sea feliz donde quiera que sea que vayan los escritores al morir.

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Wednesday, May 13, 2009

La muerte de Antonio Vega

Me llamas desde Bahrein para decirme que ha muerto Antonio Vega, y noto la emoción contenida en tu voz, suena como la voz de alguien que ha perdido un familiar cercano.

Enseguida recuerdas la última vez que nos vimos, un concierto en una sala de Madrid y como él, nuestro querido Antonio le has llamado, apenas podía sostener la guitarra en sus manos y su voz a duras penas recordaba los años potentes de Nacha Pop, la sala llena de nostálgicos, y yo sólo tenía ojos para ti. Cerveza en mano, y roce de pieles, palabras mezcladas entre el inglés y el castellano y todos los demás - nosotros también, en una perfecta comunión, entregados, aúpando su último aliento con nuestra emoción. 

Todavía no he abierto la voz, tú sigues hablando y me cuentas que me echas de menos y también las noches de Madrid, recuerdas que cantamos juntos, que cuando él ya no pudo con la canción, la gente comenzó a aplaudir, él tímido apenas levantó la mirada oculto por su flequillo.

De repente te paras, terminas de hablar y te das cuenta que es la primera vez que me llamas en años, me preguntas como estoy, y a mi por hablar de algo me da por contarte que ahora tengo barba. No se puede franquear la barrera de un silencio de años en una simple llamada,  al menos yo no, aunque haya muerto Antonio Vega, o precisamente porque ha muerto Antonio Vega. 

Los acordes de la canción se repiten una y otra vez, en mi cabeza ”se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,…” y los dos nos quedamos mudos, quietos y mudos a miles de kilómetros de distancia, ha pasado demasiado tiempo para que ahora esta llamada tenga sentido. Te das cuenta, y retrocedes, te despides, musitas unas frases gentiles, frases educadas de teléfonista avanzada y yo en silencio espero que cuelgues, suena en mi garganta un adiós ronco, que no parece salido de mi voz, y cuando el otro lado me devuelve el sonido de la línea cortada, yo todavia sigo con el teléfono en la mano, paralizado, inmóvil.

Posted by Kenzo Tomochu at 16:03:43 | Permalink | Comments (1) »

Saturday, May 9, 2009

La historia de Min

Se casaron a los veinte años recién cumplidos, y fueron felices al menos durante los primeros cinco años, pero luego descubrieron que no estaban hechos el uno para el otro. Min escapó de la casa y Yen no la buscó al principio, porque los primeros días sentía el fresco aire de la libertad, pero esa brisa se estancó y a las dos semanas, Yen echaba de menos la suave voz de Min, sentía soledad en la cama por las noche y cada mañana se levantaba temprano esperando descubrir el suave olor perfumado del jazmin en el cuerpo de Min.

No tardó más de un mes en darse cuenta cuan enamorado estaba, y desde ese día comenzó a escribir sus pensamientos en un pequeño pillow  book,  cosas que le diría el día que Min volviera, las cosas que debería recordar cada mañana.

Durante más de treinta años, Yen lleno libros de pensamientos y hermosos relatos que le contaría a Min las noches de luna, no perdió la esperanza de volver a verla, una noche Yen murió de cansancio y pena y la familia encerró los pillow book en un armario y nadie los leyó en otros quince años, apolillados, polvorientos, perdieron el amor por las grietas del papel, y se convirtieron en el simple cronario de un hombre solo.

Un día ya anciana, Min volvió al hogar, después de recorrer el mundo sintió que su periplo habia concluido.

Abrió el armario y descubrió que el montón de libros se habían convertido en un montón de polvo apolillado, pero el aroma del amor de Yen encerrado por lutros en el armario, la invadió de repente y ese amor le golpeó la consciencia, sintió el dolor, la pena y luego un sentimiento de sosegada paz.

Posted by Kenzo Tomochu at 21:50:36 | Permalink | Comments (8)

Friday, May 1, 2009

Prohibido conformarse

Prohibido mirarte y desear lo mejor para ti, mientras tanto te toca caminar a rastras en una ciudad que cae desde la montaña al mar.

Sensación de hartazgo, las cosas son como son y así a veces conviene aceptarlas. Construir un castillo de arena y esperar que no se lo lleve una ola de mar es una tonta ilusión. Que se te escape el tiempo te aterra,  que las nubes que ahora mismo ocultan el sol, comiencen a descargar una lluvia fina, no es algo descabellado en una mañana de primavera.

Esconderte de ti misma no va a funcionar, tampoco te exijas tanto, mientras tanto tomate otro café, sentada en un bar del eixample, mientras fuera el mundo corre detras del último taxi libre.

El mundo en crisis, el mundo enfermo, vaya una época para enamorarse, las caras grises de la gente que no acepta dar créditos sobre felicidades ficticias.

La lluvia conoce el camino en una ciudad donde las calles se dirigen hacia un mar ahora más sucio. El cristal se llena de gotas, pequeñas gotas,  tu cara se llena de lágrimas, pequeñas lágrimas, mientras sorbes el café y fumas a ratos un cigarrillo. Sueñas con amores perdidos, amores que rompieron de cuajo la peana de pequeña princesa sobre la que te sostenías.

Cuando termines ese café, te espero fuera, a mojarnos debajo de esta lluvia de primavera, caminar sin prisa, sin miedo a mojarnos, sin miedo a fallar, sin conformarnos.

Posted by Kenzo Tomochu at 12:21:36 | Permalink | Comments (1) »