Revolviendo en un cajón
Es cuestión de espacio vital, después de pasar cientos de años en una pequeña lampara, ahora el señor no se conforma con cualquier cosa. En realidad desde hace unos meses él ocupa el dormitorio principal, que ha convertido en un híbrido entre una tienda beduína del desierto y un fumadero de opio de los años treinta. Yo me conformo con mantener en el cuarto de invitados un pequeño plegatín, el despertador y una silla que he convertido en mesilla.
Pero lo que no soporto ces que cada mañana que hurgue en mis cajones, que escoja mi mejor ropa, y salga a la calle con ella. Se justifica diciendo que su vestuario está desactualizado, y que un genio de su prestancia necesita cierto toque chic moderno, lamentablemente ese toque moderno consiste en retocar y romper a su estilo toda mi ropa. El otro día tuve que ir a trabajar con una americana sin mangas, el último grito en Tokio, dice él, según las revistas.
Le aguanto porque cuando encontré la lampara y la froté con fruicción, sus primeras palabras fueron “supongo que estás pensando que te concederé los tres deseos, pero yo soy un genio que tiene que conocer profundamente al beneficiario para saber que los deseos que me pide son los que realmente necesita…”, en aquel momento, hace ya cuatro meses, me pareció una transacción totalmente adecuada,
En días como hoy, estoy seguro que cuando me pregunte, mi primer deseo estará claro “¡¡¡¡desaparece de mi vida!!!!”