Tentación inacabada…
Hace días, o años que se traga las lágrimas para que nadie la vea llorar. Dos horas más tarde ambos suben a una habitación que apenas es habitada por una cama y una silla triste.
Ahora él la mira a escondidas, ella mira hacia abajo, el hombre, manos en los bolsillos, ella salvajemente olvidada por la vida, pero manteniendo un porte digno, a pesar de las penalidades.
Ella se desnuda rápidamente y se tumba en la cama, sin saber si quiere terminar cuanto antes, él la mira con desdén y se afloja la corbata, hasta quitarsela sin deshacer el nudo, la tira en la silla y desabrocha despacio los botones de la camisa. Desde lejos se diría que parece una horca.
La mujer se acurruca con la concha, quejosa por el frío de la habitación, la luz mortecina esconde mucho pero el hombre la mira sin deseo. El no se decide a terminar de desnudarse, y piensa en marcharse, ¿pero dónde?
Dos extraños no pueden amarse esta noche en un cuarto de pensión, dice él. ¿Por qué no? replica ella. Me siento tan extraña como tú, no se sí quiero que esto termine pronto o disfrutar, pero sé que tengo la imperiosa necesidad de tener un momento de sexo, sentir mi cuerpo crujir, arquearse, tensarse y destensarse como una cuerda de guitarra.
El se sienta a su lado, la acaricia despacio, y la besa en los hombros desnudos, de repente un pudor extraño les invade a ambos, no están preparados para una transacción tan desafectiva, al menos no tanto como cuando se conocieron en el bar hace dos horas, no tanto como cuando subían las escaleras de la pensión.
El se levanta y le tiende el vestido, se coloca la corbata luego ambos salen en un silencio sólo interrumpido por el zumbido de la luz de la escalera.