Nada que comentar…
Esa noche tú no te diste cuenta, pero el poeta hizo su hueco entre tú y yo, sin levantar la voz, sin protestar, pero sin tregua, sabiéndose necesario, sabiéndose imprescindible, esperando que necesitara otra vez palabras suyas, para ir poco a poco construyendo una fina teleraña, que te separara de mi. ¿Cómo expresarte en mis propias palabras, el amor que sentía, cuándo él lo describía sin apenás parecer que le constara trabajo? Con palabras límpias, con palabras puras, con palabras sonoras, derritiendo tu natural cascara de hielo.
Ambos nos hicimos adictos al poeta, yo a recitar como si fueran mías sus palabras y tú a escucharlas, así pasaron los meses, y cuanta más pasión parecía que entre los dos existía, yo más solo me sentía, no tenía un sólo reproche que hacerte, era el engaño al que te sometía, lo que aprisionaba mi respiración, lo que me agitaba el pulso.
Llegó el invierno y con él, el último poema del poeta, recibí la noticia de su muerte como una liberación, como la oportunidad de volver a sentir que la distancia entre ambos se reducía. Pero antes de provocar esa catarsis liberadora, decidí como último homenaje al poeta, recitarte como mío el postrer poema.
Ahora entiendes, porqué te deje escapar, porqué te marcharte, quien iba a imaginar que el poeta del amor, también podía escribir sobre el desamor, la separación y el olvido. Al terminar de recitarlo, ambos nos encontramos con lágrimas en los ojos, por la hermosura del texto, por la tristeza del momento, y sin decirnos nada más te marchaste.