Domingo
Se quedó inmovil mirándola, viendo como las aletillas de la nariz se movían con cada respiración, era preciosa. Ella se desperezó con los ojos cerrados y se abrazó inconscientemente al cuerpo de él.
Fuera el día estaba empezando, las calles olían todavía a sábado noche mientras los barrenderos empezaban a adecentar la avenida.
El olor del café y las tostadas recién hechas llenaban la cocina, los dos repartiéndose “Politiken” por secciones, leyendo entre medias frases, mezclando mermelada con besos.
Al mediodía, salieron a navegar, el viejo velero de madera todavía se defendía en mar abierto. El día hacía que el mar estuviera tranquilo, y los dos se comportaban como dos niños emocionados. Tumbados al sol, esperando que el domingo se fuera acabando, abrazados y desnudos en proa.
Llegaron a puerto cuando el reloj marcaba las siete, cenaron un polsen a medias y dos naranjas. El día se terminaba y ambos se dieron cuenta que apenas habían cruzado un par de palabras, que no les había hecho falta hablar. Cuando llegaron, él se durmió agotado, ella se quedó mirándole inmovil, intentó no moverse mientras ponía en hora el despertador para un lunes que les separaría a ambos.