La mañana siguiente
Levantarse al alba, con los primeros rayos del sol golpeando la cara,no es del todo una agradable sensación, te despiertas en la cubierta del barco, y apenas recuerdas la noche anterior. La resaca convertida en pequeños y molestos alfileres está taladrando tu hoy maltrecho cerebro.
Para solucionar ese malestar, te desnudas y te tiras al azul mar Egeo, esperas que al sumergirte en el agua te termines de desperezar, y nadas, nadas hasta que los brazos te empiezan a doler, te dejas llevar por la corriente y te alejas del barco, lo suficiente para poder contemplar su silueta enmarcada en la bahía donde fondeasteis anoche.
Hoy el mar y el viento parece que darán un poco de tregua a la tripulación, que presumes tan cansada y poco lúcida como te encuentras tú mismo ahora.
Te encantaría quedarte un rato más disfrutando de esta calma, pero sabes que estos momentos de paz son efímeros y cuando se alargan se terminan estropeando. Nadas de vuelta hacia el barco, y te colocas encima el traje de baño y la camiseta que todavía huelen a la noche pasada.
Cuando desciendes por la escalera hacia el interior del barco, te sorprende descubrir que no es tu barco, es un modelo identico, pero no es el barco que habéis alquilado para las vacaciones. Estás a punto de preocuparte, cuando desde uno de los camarotes que tiene la puerta abierta, una mujer tumbada en la cama te sonrie con complicidad, como si os conocierais, y te hace gestos para que entres en el camarote.
Piensas que quizas la noche no estuvo tan mal, pero te preocupa que van a pensar tus amigos cuando se den cuenta que has desertado, crees que involuntariamente, del barco, pero aparcas esa preocupación hasta saber que va a pasar en los próximos minutos en este camarote y con esta mujer que ahora te comienza a besar.