¡¡¡Casada!!!
Una palabra y una extraña sensación, la del sudor frío recorriendo el dorso de mi mano.
¡Para!, no sigas, no quiero oírlo, ni que me lo cuentes.
Dejame, dejame en paz y con mis recuerdos, con mis recuerdos de ti y mis sueños.
Dame una rosa llena de espinas, un vaso de vino avinagrado, y un pedazo de pan duro.
Despiertame una mañana, y descubreme que te has casado.
Y dimelo a la hora de lavarme los dientes, con la sonrisa helada y mirando mi imagen en el espejo.
Y pienso que todavía estoy dormido, y al despertarme seguir soñando lo mismo.
Te has casado, todavía las palabras retumban, en yunque y martilllo.
Lo digo en voz alta, y me preparo un café.
Ducha fría sin agua, jabón en los ojos y pena.
Pena poca pero pena.
Ahora que te has casado, sólo se me ocurre decir ¡Enhorabuena!
Palabra vacia de contenido y de sentido, que seas feliz, me termino el café
Corbata que ahoga, zapatos pequeños, y lluvía en el cuerpo.
Una extraña sensación vuelve a recorrer mi cuerpo cuando te nombro.

