Una botella de vino
Una botella de vino, la última con ella, pienso mientras el camarero nos la presenta diligente. Si hubiera tardado un poco más y actuado con la liturgia debida, podría haberla mirado con más detenimiento mientras ella estaba distraída.
Agarro el mantel y lo estrujo, por no tocar su mano, esa mano que no hace tanto tiempo me acariciaba. El primer plato transcurre en silencio, un silencio tan insoportable que noto bajo mis pies el latido de la propia tierra, retumbado en el suelo y la seca respiración de las paredes rojas del restaurante, se cuela por mis oídos dejando un rastro de tristeza. Nunca se me dió bien comenzar una conversación, y menos ahora, menos en ese mismo instante, pero no puedo dejar pasar esta última oportunidad.
El vino es excelente, pero su copa continua intacta. La miro y en un susurro le digo que debería estar prohibido disfrutar de un vino como este en soledad. Arranco una leve sonrisa de sus labios, mientras se acerca la copa a la boca y da un sorbo pequeño casi imperceptible, pero noto el asentimiento en su cara, el vino le ha gustado y eso es importante para mi.
Comienzo a hablar, primero mirando la llama de la lampara de aceite, luego me atrevo a mirarla a los ojos, la conversación se torna sencilla, como antes, como siempre, ella me pregunta, y yo le contesto sin reflexionar, sin esconderme. Las manos se rozan en el segundo plato, y ella se sirve una segunda copa, mientras yo debo ir por mi cuarta, no estoy seguro, pero el cálculo aproximado debe ser correcto porque apenas un cuarto de la botella.
Mi boca mastica la carne despacio, mis oidos mastican sus palabras, ahora dulces que se cuelan por cada rincón de mi cabeza. Se levanta un momento al baño, y me roza la espalda, como antes, como siempre, y la veo marchar por el pasillo de restaurante con su vestido rojo y su bolso en la mano.
Mientras espero que vuelva, el camarero se acerca y mira la botella casi vacia, y con un gesto me pregunta si abre otra. Antes de que se capaz de abrir la boca, ella, ya regresada, responde por los dos- No gracias, no necesitaremos otra, y mientras mueve su silla hasta acercarla a la mia, pide la cuenta con un gesto. Los negros augurios con los que se presentaba la noche, han desaparecido. Ahora sé que habrá muchas más botellas a su lado.

