Enganchado
¡Caracola al mar!, grita el muchacho temeroso mientras la lanza por encima de su cabeza y hacia el agua...los otros le miran asombrados por el grito, que ha resonado en toda la playa, que ahora se encuentra desierta salvo por ellos tres.
Antes se han sentado en el malecón y han compartido un paquete de cigarrillos y una cerveza de litro, Martín habló poco, lleva así desde que volvió de la ciudad, desde que su padre se marchó y les abandonó. A los diecisiete se ha visto obligado a madurar de golpe y eso le ha vuelto más taciturno y meditabundo , por eso los otros le dejan tranquilo y no insisten en preguntarle como se siente.
¡Caracola al mar! y una nueva caracola se hunde en el oceano, mete las manos en los bolsillos y se aleja por la orilla, sin despedirse. Los dos amigos le ven alejarse, un barco sale del puerto y deja un rastro aceitoso en el mar.
El pelo desmadejado y sin comer en varios días, Martín deambula por el pueblo sin querer volver a casa, no soporta el llanto amargo de su madre, no aguanta a su hermano pequeño preguntando por su padre a todas horas, el olor de la casa desde que él se marchó, odiaba a su padre, pero odiaba más a ella. Ella que ahora estaba con su padre, que apenas era tres años mayor que él, que el verano pasado le había besado una tarde de cine. Cuantas noches con Rosana paseando por el malecón, cogidos de la mano, escuchando el mar, oyendo el rumor en cada caracola.

