Un hechizo roto
El hechizo apenas duró una decada, durante todo ese tiempo el principe permaneció al lado de su amada, aunque ella se mantenía sumida en un profundo sueño.
El reino y sus habitantes comenzaron a olvidar al principe a finales del segundo otoño, mientras él y su amante dormida por el hechizo de la malvada bruja, seguían una vida estancada en la torre del castillo.
En la primavera del cuarto año del hechizo, Gastón el herrero propuso acabar con el desgobierno que según él asolaba al reino, él y otros miembros del gremio de artesanos propusieron al resto del pueblo crear un gobierno estable por elección popular. El principe se asomó por la ventana el día que la gente salió a la calle promulgando la desaparición de la monarquia, pero ni un atisbo de pena cruzó por sus ojos vacios ya de cualquier emoción.
En las navidades del sexto año, el gobernador de la ciudad le pidió al principe que abandonara la torre , lugar que se había convertido en el último reducto de la extinta monarquia. El principe y un puñado de leales acomodaron a la bella dormida en un carro y se internaron en el bosque.
Estos seis años no habían menguado la sinpar belleza de la doncella, pero el principe, ataño un hermoso joven se había convertido en un envejecido y cansado hombre desprovisto ya de la galanura de su apagada realeza. Al tiempo los leales abandonaron a la pareja en la modesta casa del interior del bosque.
Los días pasaban lentos, el campesino antes conocido como “el principe” dedicaba todas las noches a cepillar el hermoso cabello de su amada y relatarle historias de amor, que esperaba que aún en su infinito sopor ella fuera capaz de oír. Las mañanas sin embargo las pasaba solo en lo alto de una montaña, recordando los días en que ambos eran felices. Ni siquiera recordaba ya la razón porque un maldito día la bruja hechizo a la princesa.
Del séptimo al noveno año, no ocurrió nada reseñable en la vida del campesino, salvo que agotó los pocos ahorros que todavía le quedaban en un vestido para el día que ella se despertara.
En la primavera del décimo año, la dormida princesa despertó, como era mitad de mañana y el campesino estaba como todas las otras mañanas en lo alto de la montaña, ella débil de piernas por la prolongada estancia en la cama, se arrastro hasta la percha donde colgaba el hermoso vestido, sin entender donde estaba y recordando el antiguo hechizo, supuso que su estancia en esa humilde cabaña seguía siendo parte del hechizo.
Se puso el vestido y se sento en la cama, mientras apuraba un plato de comida, habrienta como estaba por los diez años sin comer. Al llegar el antiguo principe, la sorprendió peinando su pelo, frente al espejo. Se acercó por la espalda y durante unos segundos pudo comprobar en el espejo los estragos del tiempo en su rostro, mientras ella seguía manteniendo la belleza y lozanía de años atras. Tanto tiempo velando a su amor, había descuidado su propia apariencia.
Ella le vió venir y reconoció al principe al instante, aunque más viejo, era imposible para ella no conocer al amor de su vida. Se levantó y le abrazó, besandolo durante una pequeña eternidad, mucho más pequeña que la que les había separado, pero infinitamente más feliz. Ahora eran simplemente dos enamorados, en un pequeño rincón del mundo, donde nadie podría nunca más hacerles daño.